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https://www.elconfidencial.com/cultura/2023-12-01/por-que-hablamos-desde-hace-100-000-anos-pero-escribimos-desde-hace-solo-5-000-y-cada-vez-menos_3785557/

Los seres humanos estamos sobre la faz de la tierra desde hace 300.000 años, cuando se calcula que surgió nuestra especie, el Homo sapiensHablamos desde hace alrededor de 100.000 años. Sin embargo, solo escribimos desde hace unos 5.000 años.

No todos los idiomas tienen escritura. De las aproximadamente 6.000 lenguas que actualmente existen en el mundo, un tercio jamás se ha escrito. Ha habido, y sigue habiendo, sociedades humanas con leyes, religión, creaciones artísticas e incluso cartografía que, sin embargo, no han escrito nunca.

Hablar es una capacidad natural del ser humano, pero no ocurre así con la escritura. El lenguaje verbal es una habilidad que tenemos codificada genéticamente, pero no sucede lo mismo con el lenguaje escrito. No existe ninguna función cerebral que se ocupe exclusivamente de la escritura, una habilidad compleja que utiliza distintas partes del cerebro.

“Escribir es una creación cultural, y por eso se tiene que recrear en cada persona. En los colegios no se enseña a los niños a hablar, no es necesario hacerlo, aprenden solos oyendo a los demás. Pero escribir sí que es algo que se tiene que aprender”, destaca el lingüista José Antonio Millán.

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Portada de ‘Los trazos que hablan’, del lingüista José Antonio Millán.

El caso es que escribimos a mano menos que nunca, los teclados han arrinconado a los bolígrafos. Un estudio realizado en 2015 por IPSOS ya certificó que el 75% de los españoles escribía a diario con un teclado y no con lápiz y papel, porcentaje que se disparaba hasta el 91% entre los jóvenes de entre 16 y 24 años. Y desde entonces la cifra no ha dejado de crecer y crecer.

Del remoto origen del alfabeto español al progresivo desplome de la escritura a mano, con todo lo que hay entre medias, se ocupa José Antonio Millán en su nuevo ensayo, titulado Los trazos hablan. El triunfo y el abandono de la escritura a mano (Ariel). Un libro fascinante en el que este lingüista y doctor en Literatura Comparada repasa desde la lenta y compleja invención de las letras a partir de los jeroglíficos egipcios hasta los instrumentos que a lo largo de la historia se han utilizado para escribir.

En la antigua Grecia, por ejemplo, llegaron a convivir varios alfabetos, hasta que en un determinado momento el poder político dio un golpe en la mesa e impuso el que se tenía que utilizar. Y hasta la Edad Media lo habitual era escribir apoyando los rollos de papiro o de pergamino sobre el propio muslo. Las mesas no existían (los alimentos se servían en bandejas que se colocaban sobre trípodes) y solo cuando surgieron los scriptorium (las salas de los monasterios medievales dedicadas a la copia de manuscritos) aparecieron los primeros pupitres inclinados destinados a escribir.

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Dibujo de un códice medieval. (iStock)

Resulta fascinante que la creación y difusión de la escritura haya sido fruto en el pasado de tan solo un puñado de personas (escribas, sacerdotes y gobernantes) que luego la divulgaron entre las élites ilustradas para acabar pasando al pueblo. Con todo lo que ello implica…

“En lenguaje hablado, los cambios son lentos y para consolidarse deben de ser aceptados por toda la comunidad. La prueba es que hay mucha gente que sigue diciendo almóndiga o cocreta aunque la Real Academia de la Lengua lo desaconseje”, señala José Antonio Millán. Sin embargo, en la época en la que la escritura era un saber en muy pocas manos, los cambios podrían ser fruto de un grupo muy pequeño. Incluso de una única persona.

Pero la parte quizá más interesante del libro es aquella en la que Millán defiende las ventajas de escribir a mano, una actividad que en la actualidad se encuentra de capa caída y que es profundamente compleja, ya que activa varias partes del cerebro y es controlada por el hemisferio opuesto al de la mano que se emplea para redactar. Cada mano, por cierto, consta de 27 huesos y se caracteriza por ser una de las zonas del cuerpo con más terminaciones nerviosas.

Los universitarios que redactan sus apuntes a mano adquieren mejor conocimiento de las materias que los que lo hacen en el ordenador

La escritura a mano no solo moviliza más y diversas áreas cerebrales que las que activa la simple pulsación de teclas, sino que también exige pasar del sonido al grafismo teniendo en la memoria muscular la forma de las letras, mientras que con el teclado la respuesta motora no está relacionada con la forma de la letra. Tan complejo es escribir a mano que ya en el siglo XVII se decía que un niño de seis o 10 años podía aprender a tejer, a fabricar un reloj, a coser un zapato o a afinar un órgano, pero “nada se iguala a lo dificultoso de las letras”, tal y como recoge Millán en su libro.

Pero escribir a mano también entraña ventajas. Hay investigaciones científicas que revelan que los estudiantes universitarios que redactan sus apuntes a mano adquieren un mejor conocimiento de las materias que aquellos que los redactan en su ordenador portátil. Es verdad que los que toman apuntes en el portátil van más rápido (escriben 33 palabras por minuto, frente a las 22 de quienes lo hacen a mano), pero tienden a transcribir literalmente lo que dice el profesor, mientras que los que escriben a mano realizan una labor de síntesis que al final resulta útil.

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Unos niños, escribiendo en un ordenador.

“Para algunos investigadores, la escritura a mano hace uso de una habilidad innata que ha moldeado la cognición humana durante miles de años y encapsula millones de años de fabricación de herramientas y conectividad mano-cerebro”, destaca Millán.

Por no hablar de lo profundamente autónoma que es la escritura a mano. Una anotación en un trozo de papel o en un cuaderno es más fácil de transportar que un ordenador, y a eso se suma además que el papel no requiere de las necesidades de energía y electricidad de las que sí precisan los dispositivos electrónicos.

“No hay más remedio que defender que los niños sigan aprendiendo a escribir a mano. No necesariamente en letra inglesa o cursiva (ese estilo en el que las letras están unidas unas con otras, el típico de los antiguos cuadernos de caligrafía), pero sí al menos en letra imprenta (aquella en la que las letras están desligadas entre sí)”, destaca Millán. “El sistema educativo, de hecho, no creo que renuncie nunca a enseñar a escribir a mano. Hay una enorme diferencia entre golpear un teclado y dibujar la forma de una letra sobre un papel, tarea esta última que también implica el manejo de cuestiones espaciales como decidir la distribución del texto en la página y el tamaño de la letra a emplear”.